Según la Ley Orgánica de Educación, aprobada el 3 de mayo de 2006, todos los centros deben incluir en su proyecto educativo, un Plan de Convivencia, así como establecer las normas que garanticen su cumplimiento. Y la Ley Orgánica 1/1996 de 15 de enero, de protección jurídica del menor de edad, recoge en su artículo 13.1 que: Toda persona o autoridad y especialmente aquellos que por su profesión o función detecten una situación de maltrato, de riesgo o de posible desamparo de un menor, lo comunicarán a la autoridad o sus agentes más próximos, sin perjuicio de prestarle el auxilio inmediato que precise. Esto significa que, si trabajamos o nos relacionamos con menores de edad, desde el ámbito de la educación formal e informal, no podremos hacer “oídos sordos” en los casos de acoso y ciberacoso.

Pero más allá de lo que nos digan las leyes, la institución escolar puede ser uno de los marcos principales de actuación en una educación en/desde la convivencia positiva y un lugar idóneo para educar en un uso crítico y responsable de las TIC. Pese a que el ciberbullying rompe las fronteras físicas de las aulas, los centros escolares siguen siendo el principal marco donde surgen los casos de acoso y ciberacoso. Por tanto, pensamos que el reto desde las escuelas es doble:

  • Por un lado, se deben revisar los fines, prácticas y metodologías educativas que puedan constituir formas de reproducción social de las causas de la violencia estructural y frente a esto desarrollar un modelo de educación integral y holístico basado en un currículo democrático y democratizador.
  • Y, por otro lado, desarrollar planes de prevención de riesgos en el uso de las TIC fomentando un uso responsable y crítico de las mismas.

Según el psicólogo José María Avilés Martínez el trabajo preventivo debe abordar la educación moral como base de la construcción de unas relaciones personales sanas e integradas en el marco del respeto de los derechos de los otros. Para el ciberbullying se hace necesario establecer en la comunidad educativa programas integrales que lo aborden de forma global. Las decisiones organizativas del centro tienen que colaborar en ello. Más que prohibir se debe ayudar al alumnado desde las familias y el profesorado a hacer un uso racional y adecuado de las nuevas tecnologías a partir de normas establecidas comunitariamente. (Avilés Martínez, J. M. 2006: 79-96).

Este trabajo preventivo se puede (y se debe) desarrollar además de una forma participada donde el propio alumnado tenga un papel protagonista. Ya existen algunas experiencias creativas e innovadoras con excelentes resultados tales como grupos de trabajo mixtos contra el ciberacoso (compuestos por familias, profesores/as y alumnado), grupos de mediación entre iguales (donde un grupo de alumn@s es formado para identificar problemas y ejercer la mediación), círculos de calidad[1], proyectos específicos de análisis y reflexión de la problemática como realización de cortos o blogs temáticos, grupos de investigación, proyectos de Aprendizaje Servicio o Aprendizaje Compromiso, tutorías entre iguales…

Estas intervenciones educativas en la prevención del acoso protagonizadas por el alumnado deben poner el foco en la parte moral de nuestros actos, por encima de las competencias tecnológicas y digitales. Para prevenir el ciberacoso se trata de una educación en valores, no de capacitar tecnológicamente al alumnado.

Centrándonos en el profesorado y los equipos directivos, quiero destacar las ideas de Juan Vaello Orts, psicopedagogo, Inspector del SITE de Alicante, Profesor Tutor de Psicología General y Psicología Evolutiva en la UNED. Vaello propone cinco niveles de actuación para llevar a cabo un proyecto de convivencia[2]:

  • Nivel 1: Los profesores y profesoras en el aula. Deben iniciar el proceso de establecimiento de normas inclusivas y participativas y definir igualmente las correcciones a aplicar si no se respetan dichas normas. Asimismo, deben garantizar su cumplimiento. Para ello, los profesores y profesoras deben estar coordinados y trabajar en equipo. El individualismo habitual en los centros, especialmente en Secundaria, es el principal obstáculo para este nivel de responsabilidad.
  • Nivel 2: Los tutores y tutoras. Su tarea fundamental debe ser la coordinación del grupo de profesores y profesoras de nivel, con los que debe establecer un diagnóstico del estado socioemocional del grupo, de sus puntos fuertes y aquellos que deben mejorar, revisando periódicamente este diagnóstico. Llegar a este diagnóstico compartido puede ser de mayor utilidad que la elaboración de las actuales programaciones de cada materia, que no tienen en cuenta al alumnado al que van dirigidas. Asimismo, deben fomentar y apoyar a aquellos profesores o profesoras que puedan tener problemas con algunos alumnos o alumnas, tanto a nivel personal como a nivel de grupo, planteando diversos temas en las sesiones de tutoría semanales que se hacen con el grupo y en las tutorías individualizadas. También deben trabajar con las familias, transmitiendo la información adecuada, implicándolas en el trabajo del grupo y, de manera especial, en todas aquellas cuestiones que afectan a la convivencia.
  • Nivel 3: El equipo directivo. Su trabajo busca impulsar los planes de trabajo de los distintos equipos docentes, asegurando el buen funcionamiento de éstos y de las tutorías. Deben coordinar, a través de Jefatura de Estudios, la acción de las tutorías para que sean coherentes y trabajen en la misma dirección. También es importante su papel de cara al apoyo, fomento y realización del Plan de Convivencia y todas las actuaciones previstas en el mismo. Y tienen un papel clave en la relación con las familias y con las entidades sociales del barrio o la localidad.
  • Nivel 4: Instituciones sociales. Hay casos en los que, por problemas derivados de la situación familiar, los alumnos deben ser atendidos en dichas instancias, ya que los centros no disponen de personal ni de recursos para su atención.
  • Nivel transversal: El alumnado. Nivel presente a lo largo de todas las actuaciones, resulta fundamental para el éxito de todo el proceso. El objetivo es que el alumnado asuma también la responsabilidad de hacer posible un clima de convivencia positivo, aceptando sus compromisos y estableciendo para ello normas consensuadas e inclusivas.

Por su parte, el psicólogo y miembro del Equipo para la Prevención del Acoso escolar en la Comunidad de Madrid José Antonio Luengo Latorre, en la publicación “El acoso escolar y la convivencia en los centros educativos. Guía para el profesorado y las familias”, habla del Plan de Convivencia como un proceso. Un proceso…

  1. En el que justifiquemos el trabajo a realizar y definamos y organicemos un grupo interno, un equipo dinamizador (fase de justificación y designación de responsables) que permita liderar el proceso de sensibilización de toda la comunidad educativa para desarrollar la tarea, planificar el proceso, coordinar y dinamizar acciones, facilitar la tarea a los participantes, seleccionar los materiales que pueden contribuir a la formación previa, a la reflexión sobre el proceso. Este grupo interno puede estar configurado por algunos de los miembros de la Comisión de Convivencia del Consejo Escolar. Sin perjuicio de la posibilidad de contar con un grupo dinamizador en el propio claustro.
  2. En el que diseñemos un marco y un proceso para la sensibilización (fase de sensibilización) sobre la tarea a desarrollar. Favorecer la reflexión en los agentes que configuran el contexto educativo y social para que se sienta la necesidad de revisar lo realizado hasta el momento, adopten actitudes favorables al análisis, valoración y elaboración de propuestas de mejora.
  3. En el que se desarrolle un proceso de análisis de la convivencia en el centro (fase de diagnóstico) hasta el momento presente. Hacer visible y explícito qué visión tienen los diferentes agentes y el alumnado, qué es lo que estamos haciendo y sus resultados, grado de satisfacción de necesidades, qué nuevas demandas han surgido y cómo poder abordarlas, qué necesitamos para mejorar, recursos con los que contamos y podemos contar, cómo podemos formarnos para el proceso posterior, etc.
  4. En el que, partiendo de las necesidades detectadas en el análisis de nuestra convivencia, diseñemos un plan de acción (fase de planificación) que defina el modelo de convivencia que deseamos implantar, sus principio y objetivos.
  5. El centro educativo debe diseñar un proceso, seleccionando procedimientos y materiales específicos, para realizar el seguimiento del plan de convivencia, adecuadamente temporalizado y con la referencia explícita a los objetivos que se han propuesto para el curso escolar (fase de evaluación).
  6. El centro educativo debe diseñar, asimismo, una estrategia planificada para informar periódicamente, implicar y responsabilizar a toda la comunidad educativa en el desarrollo del plan de convivencia. Es necesario invertir tiempo y actividades en comunicar lo que se está realizando y despertar sensibilidad acerca de la importancia de la mejora de la convivencia en el conjunto de la comunidad educativa (fase de difusión).
Plan de Convivencia: fases para su elaboración según Luengo Latorre

Luengo Latorre también ofrece algunas ideas para “empezar a pensar” sobre los principios de han de regir en la elaboración de los planes para la promoción de la convivencia y, específicamente, para la prevención del acoso entre iguales por los centros educativos que resumimos a continuación:

  • Planificar acciones específicas para prevenir el acoso escolar. No basta con ideas generales ni buenas intenciones.
  • Desde el principio de curso toda la comunidad educativa debe conocer el conjunto de medidas que se van a adoptar.
  • Los tutores han de planificar y desarrollar acciones para la prevención del acoso.
  • Necesidad de configurar un equipo para la prevención del acoso.
  • Fomentar el protagonismo del alumnado en la prevención del acoso escolar y en la información y sensibilización de la comunidad educativa.
  • Necesidad de contar con agentes, espacios y tiempos definidos y conocidos para la comunicación confidencial.
  • Necesidad de gestionar bien los procesos y documentarlos.

[1] El círculo de calidad consiste en un grupo de personas que se reúnen regularmente porque están interesadas en identificar, analizar y solucionar problemas comunes.

[2] Vaello Orts, J. (2011): Cómo dar clase a los que no quieren recibirla. Barcelona. Graó. También (2013): Construyendo la convivencia en el centro educativo: El sistema de diques. Ed. Horsori.


Adrian Aguayo Llanos

Trabajador Social. Máster en Educación y Comunicación en la Red. Responsable de comunicación y formador en la Fundación Gestión y Participación Social. Formador y asesor en la Asociación Pedernal Educación y Tecnología. Miembro de los Movimientos de Renovación Pedagógica.